Pasarán canciones, amigos y parientes, tempestades, una que otra ave de paso, enojos, soledades, alegrías, libros, historias no contadas, secretos, vergüenzas, recuerdos, copas y humo, vidas y nacimientos, políticas, anécdotas, guerras, ladridos, amor… pero, sobre todo pasará aquello que llaman tiempo y yo seguiré aquí… esperando que se cumpla este imposible y perturbador anhelo de volver a ver como apoyas tus elegantes calzados, al menos una vez más, sobre la acera de mi hogar.

No acostumbro a arrepentirme de nada pasado, me opongo siempre a hacerlo. No obstante ello hay una cosa vivida que cambiaría: no me escondería y saldría a saludarte el once de septiembre de dos mil tres, lo haría por más orgullo y terquedad que reine en mi ser.



Es realmente frustrante abrir los brazos para recibir un mísero consuelo y observar a tu alrededor sólo ausencias, mientras percibes que tus lágrimas sólo consiguen humedecer en vano tus mejillas y, a penas, conmover a tu mascota.



Sinceramente, no hay cosa que me tire más por el piso el autoestima que escucharte hablando a los demás de mí.
Y como si fuera poco, para acrecentar un toque más todo este mal sentir, por ahí cuando oigo las referencias que haces sobre mi persona, suelo pensar: ¿tendrás algún motivo como para sentirte orgullosa de alguien como yo?...

... mmm lo sé... y eso multiplica diez veces más mi aflicción.


Un veinticinco de junio


Un día como hoy te aparecías. Tú, tu poca modestia y toda tu elegancia.

Trato frío, típico machista. Te costaba demostrarme afecto. Sin embargo, sin que lo notaras yo te lo arrebataba.

Eras mi debilidad… no debiste haberte ido justo cuando comenzábamos a conocernos.

Cuántos Particulares he encendido tan sólo para sentir ese olor a tabaco tan peculiar, sinceramente, por más que haga ya casi un año de la última vez, en estos momentos volvería a prender otro pucho, sólo por sentirte efímeramente.

Cuántas veces trato de hablar como un empresario sólo por parecerme ínfimamente a ti.

Cuántas veces salgo a caminar con la sensación de que en alguna esquina doblarás con el auto te toparás con mi mirada y me invitarás a tomar un café con la única excusa de compartir cinco exquisitos minutos de vida.

Con llorar no consigo traerte, nunca me funciona, ni haciéndolo a menudo ni siquiera aguantando un año... tu ausencia atropella todo: fe, alegrías, tiempo, distancia, recuerdos y anhelos.

¿Qué hago en estos momentos?

Cuánto extraño tu elegancia, tu poca modestia y sobre todo a ti papi… a tu ser.